Credulidad y falsas promesas (Riesgos del estatutismo frente a la renovada opresión española exigida por la crisis de su Estado)
      es un artículo de la Comisión de Relaciones Internacionales de Batasuna fechado el 19 de julio de 2001 y del que son autores Iñaki Gil de San Vicente y Joseba Alvarez.


      Credulidad y falsas promesas

      Todo monstruo tiene su punto débil y conocerlo es de vital importancia para quienes padecen su brutalidad. Muchas luchas sociales, populares, feministas, clasistas, nacionales, etc., habrían fracasado si no hubiesen comprendido correctamente la verdadera situación del poder al que se enfrentaban. En momentos de especial importancia en nuestra historia reciente, una parte más o menos significativa de las fuerzas democráticas y revolucionarias vascas realizaron determinados análisis sobre la situación del Estado español, y a partir de esos análisis, optaron por vías políticas que han concluido en otros tantos fracasos. De entre varias, una característica común a esas opciones ha sido la de sobrevalorar la coherencia democrática de la clase dominante española y, por tanto, su voluntad para resolver lo que equívocamente se denomina "problema vasco" y que, en realidad, es sólo un efecto del verdadero problema, el español. Otra característica incluso anterior ha sido la crédula ingenuidad hacia las promesas de los gobiernos y partidos españoles; credulidad manifiesta, por ejemplo, en el movimiento popular de masas que fue el carlismo y que luego se ha mantenido incluso hasta 1996 cuando el PNV dio un inestimable aval al PP.

      Sin embargo, la burguesía española ni quiere ni puede ser democrática en algo tan decisivo como es su marco de acumulación y enriquecimiento básico. O sea, su territorio y su mercado. Puede permitirse cierta apariencia democrática en cuestiones secundarias como la existencia de una leal y fiel oposición, pero nunca en las decisivas como la propiedad privada de los medios de producción y la unidad territorial en la que esos medios actúan y rinden beneficios. Periódicamente, ambos pilares son sometidos a fuertes contestaciones de las clases trabajadoras y de las naciones oprimidas. Cuando esas luchas desbordan ciertos límites de seguridad tolerante, intervienen las fuerzas represivas y, al final, el ejército. Aunque el Estado tiene a su disposición otros instrumentos --Iglesia, educación, partidos y sindicatos, prensa y TV, etc.-- en última instancia el decisivo es su monopolio de la violencia organizada. Con altibajos, oleadas y reflujos esas crisis marcan su historia desde finales del siglo XIX, crisis que nos remiten al fracaso de los intentos de revolución democrático-burguesa en el Estado. La obsesión que ahora muestra el PP, que mostraron el PSOE y UCD, por no hablar del franquismo y las dictaduras anteriores, e incluso la cerrazón de la II República hacia las naciones oprimidas, es consecuencia necesaria de su profunda debilidad estructural.

      La fuerza de las naciones oprimidas viene precisamente de la pobre y tardía implantación del capitalismo centralizado en Madrid. La industrialización catalana y vasca ha permitido a nuestros pueblos mantener mal que bien su identidad y construir su presente a partir de una reserva de memoria histórica y cohesión nacional que hubieran desaparecido o sido mucho más débiles si el capitalismo centralizado hubiera triunfado antes. La recuperación de la identidad gallega no responde al mismo patrón, pero sí al efecto acumulativo del desarrollo de las contradicciones entre su pueblo, su débil burguesía y la dominación española. A otra escala, la incapacidad de Madrid para acabar con las identidades de honda raíz como Asturies, Aragón y Andalucía, confirma lo anterior, y es significativo que la derecha española sólo ha logrado ocultarlas durante el franquismo, reapareciendo inmediatamente después minando a UCD y PSOE con sus baronías regionales. Desde el problema del agua hasta el fracaso de las reformas militares, pasando por el problema agrario y el caos presupuestario autonómico, estos y otros problemas son recurrentes con el PP y PSOE, y los decisivos se arrastran desde hace mucho tiempo.

      Ahora bien, esta realidad estructural no debe sobrevalorarse porque el grueso de las identidades nacionales y regionales están en manos de sus respectivas burguesías que necesitan la protección del Estado centralizado. A su vez, éste cuenta con la baza de ser necesario a los EEUU como peón de brega para su expolio de las Américas y su presencia en el sur de la UE. Es una burguesía feliz bajo el mandato yanki --como lo fue bajo el nazi-- porque así puede mandar en su territorio. El servilismo de Aznar y Piqué ante Bush es un ejemplo entre miles. En este juego de egoísmos de clase, Madrid necesita una tapadera legitimadora que no es otra que su nacionalismo político-cultural que le permita presentarse en su Estado como una clase soberana y libre, aunque fuera una y otra vez tenga se pliegue a las exigencias de otros capitalismos más poderosos.

      Al interior, enarbola la bandera cervantina y de Torquemada, al exterior la de la obediencia al dólar y a la OTAN. Conviene insistir en que esto no es nuevo sino viejo por la necesidad que ha tenido de recibir ayuda externa para mantener su dominación interna, constante que no depende de los gobiernos de turno, sino del bloque de clases dominante, y aquellos sólo añaden o quitan diferencias secundarias que responden a las tensiones entre las diversas fracciones del poder de clase. Las diferencias de forma entre los sistemas represivos del PSOE y del PP no anulan su identidad histórica de fondo, nacionalista española y burguesa.

      Desde esta perspectiva, comprendemos mejor la dureza del ataque español porque su situación actual es más delicada de lo que dice la prensa ya que muchos cambios presionan la quilla y cuadernas del Estado. ¿Qué cambios? Uno, la entrada del capitalismo mundial en otra fase histórica; otro, la reordenación de la hegemonía europea bajo el poder alemán; además, la confirmación de la incapacidad española para mantener el ritmo mundial y europeo y, último, la vigorización de las reivindicaciones de los pueblos por él oprimidos. Lo que está en juego, en esencia, es el lugar del capitalismo español en la escala de poder internacional, pudiendo descender aún más con los retrocesos globales que eso supone.

      Esta caída ya iniciada, sólo puede detenerse con el endurecimiento represivo y, en menor medida, con un nuevo colaboracionismo regionalista de las burguesías periféricas. La burguesía más pleistocénica exige a gritos mano dura y enrocamiento interno, y sus rugidos son multiplicados por el PP, y una sección muy pequeña y débil, oportunista que no democrática, exige la misma represión pero, generosamente, estaría dispuesta a realizar algunas reformas exteriores de pintura y fachada en la tramoya autonomista para lograr un acuerdo con las burguesías periféricas a costa de sus pueblos trabajadores. Esa es, al fin y al cabo, la tentación del sector más conservador del PNV, de sus michelines, en palabras de Arzallus.

      A la espera de recibir órdenes que quien manda, dicen algunos que el PSOE duda sobre qué vía seguir, pero estas elucubraciones no tienen ninguna importancia real excepto la de llevarnos a la trampa en la que cayeron anteriormente otros colectivos vascos cuando se creyendo las promesas españolas. La solución no pasa por la ingenua credulidad ni por la mentira embaucadora del estatutismo, que, sin ruborizarse, pospone indefinidamente el momento autodeterminativo, sino por ampliar, extender y fortalecer nuestra construcción nacional, siempre en base a una valoración correcta y crítica de los obstáculos que debemos superar.

      Iñaki Gil de San Vicente
      Joseba Alvarez
      Comisión de Relaciones Internacionales de Batasuna

      ¿En Euskal Herria se prepara una revolución? a la página principal